jueves, 7 de mayo de 2026

ENVEJECER ENTRE LA INDEPENDENCIA Y LA NECESIDAD DE CUIDADOS

    En nuestra sociedad actual, es frecuente la creencia de que las personas mayores son ya incompetentes para muchas cosas. Esta concepción edadista, producto de estereotipos y prejuicios basados en la edad, tiene como consecuencia actuaciones discriminatorias, que las aíslan e ignoran impidiendo que sus motivaciones y deseos sigan vigentes.

            Las personas mayores no dependientes, no dejan de desear autogestionarse por sí mismas por el hecho de cumplir años, evitando convertirse en receptoras pasivas de voluntades ajenas. Quieren mantener su independencia, continuar viviendo en su casa, sin huéspedes voluntariosos, ni visitas controladoras, permitiendo que se tenga en cuenta su voluntad y deseos. Solo tenemos que dar una vuelta por esos pueblos semivacíos, del medio rural, ocupados en su mayoría por personas mayores que desean continuar en el entorno en el que siempre vivieron, en su casa, con sus cosas, compartiendo y resguardando sus recuerdos y dejando transcurrir su vida con dignidad y sin interferencias.

            El edadismo se cronifica cuando la dependencia se hace evidente. Programas diseñados desde las administraciones públicas ofreciendo a las personas mayores dependientes, apoyos sociales y sanitarios necesarios para que permanezcan en su casa, tal y como ellos desean, son muy loables. Los problemas surgen cuando no se dotan los recursos necesarios para convertir las buenas intenciones de estos proyectos en actuaciones efectivas:

Ø   Cuando la lejanía, la deteriorada red de acceso y la falta de servicios en los entornos semiabandonados donde permanecen estas personas, impiden el acceso y disponibilidad del personal social y sanitario necesario para atender a las personas en su entorno.

Ø  Cuando la utopía se hace evidente, programando desde la cima de los despachos, sin conocer ni a las personas ni el lugar donde permanecen.

A su vez,  cuando la dependencia se cronifica y las personas mayores han de acudir a centros residenciales, se diseñan nuevos proyectos que insisten en la individualización de los residentes, bajo ese eslogan tan de moda, de” la atención centrada en la persona”.  Y una se pregunta si antes no se centraban en la persona y ahora sí.  Pues probablemente ni lo uno ni lo otro porque en la intervención social, la persona siempre ha tenido que ser   el eje principal de la atención y los cuidados.

Estimular y promover la autonomía de los mayores, respetando sus gustos, rutinas y su historia, es el objetivo fundamental de estos novedosos programas. Sin embargo, dichos principios se diluyen cuando quedan supeditados al rendimiento económico y a protocolos excesivamente burocratizados con modelos organizativos donde la empatía, la cercanía y compasión hacia los mayores terminan relegados a un segundo plano.

 He podido comprobar en mis visitas a centros residenciales, como las buenas premisas e intenciones de estos programas, se diluyen en la falta de flexibilidad, adaptando la organización, horarios y protocolos más a las necesidades del personal que atiende que a la persona atendida.

Si se quiere evitar que la independencia de los mayores, desemboque en la dependencia de la institucionalización, es imprescindible revisar la distancia entre los proyectos teóricos y la realidad cotidiana. Porque las buenas intenciones cuando no van acompañadas de recursos y un verdadero respeto a la dignidad de las personas mayores, acaban alimentando la deshumanización que pretenden combatir.