
En nuestra sociedad
actual, es frecuente la creencia de que las personas mayores son ya
incompetentes para muchas cosas. Esta concepción edadista, producto de
estereotipos y prejuicios basados en la edad, tiene como consecuencia
actuaciones discriminatorias, que las aíslan e ignoran impidiendo que sus
motivaciones y deseos sigan vigentes.
Las personas mayores no
dependientes, no dejan de desear autogestionarse por sí mismas por el hecho de
cumplir años, evitando convertirse en receptoras pasivas de voluntades ajenas.
Quieren mantener su independencia, continuar viviendo en su casa, sin huéspedes
voluntariosos, ni visitas controladoras, permitiendo que se tenga en cuenta su
voluntad y deseos. Solo tenemos que dar una vuelta por esos pueblos semivacíos,
del medio rural, ocupados en su mayoría por personas mayores que desean
continuar en el entorno en el que siempre vivieron, en su casa, con sus cosas,
compartiendo y resguardando sus recuerdos y dejando transcurrir su vida con
dignidad y sin interferencias.
El edadismo se cronifica cuando la
dependencia se hace evidente. Programas diseñados desde las administraciones públicas
ofreciendo a las personas mayores dependientes, apoyos sociales y sanitarios
necesarios para que permanezcan en su casa, tal y como ellos desean, son muy
loables. Los problemas surgen cuando no se dotan los recursos necesarios para convertir
las buenas intenciones de estos proyectos en actuaciones efectivas:
Ø
Cuando la lejanía, la
deteriorada red de acceso y la falta de servicios en los entornos
semiabandonados donde permanecen estas personas, impiden el acceso y
disponibilidad del personal social y sanitario necesario para atender a las
personas en su entorno.
Ø
Cuando la utopía se hace evidente, programando desde la cima de los
despachos, sin conocer ni a las personas ni el lugar donde permanecen.
A su vez, cuando la dependencia se cronifica y las
personas mayores han de acudir a centros residenciales, se diseñan nuevos
proyectos que insisten en la individualización de los residentes, bajo ese
eslogan tan de moda, de” la atención centrada en la persona”. Y una se pregunta si antes no se centraban en
la persona y ahora sí. Pues
probablemente ni lo uno ni lo otro porque en la intervención social, la persona
siempre ha tenido que ser el eje principal de la atención y los cuidados.
Estimular y promover
la autonomía de los mayores, respetando sus gustos, rutinas y su historia, es
el objetivo fundamental de estos novedosos programas. Sin embargo, dichos
principios se diluyen cuando quedan supeditados al rendimiento económico y a
protocolos excesivamente burocratizados con modelos organizativos donde la
empatía, la cercanía y compasión hacia los mayores terminan relegados a un
segundo plano.
He podido comprobar en mis visitas a centros residenciales,
como las buenas premisas e intenciones de estos programas, se diluyen en la
falta de flexibilidad, adaptando la organización, horarios y protocolos más a
las necesidades del personal que atiende que a la persona atendida.
Si se quiere evitar que
la independencia de los mayores, desemboque en la dependencia de la
institucionalización, es imprescindible revisar la distancia entre los
proyectos teóricos y la realidad cotidiana. Porque las buenas intenciones cuando
no van acompañadas de recursos y un verdadero respeto a la dignidad de las
personas mayores, acaban alimentando la deshumanización que pretenden combatir.