sábado, 11 de abril de 2020

          En medio de la normalidad que creímos que estábamos viviendo, aparece un anormal virus que se asienta en nuestras vidas. Se presenta sin aviso ni cita previa y todo lo que creíamos ya  organizado, ajustado y estructurado, sin más arma que su propio material genético, lo desorganiza, desajusta y desestructura. No ha necesitado ejércitos, tanques, bombas ni dinero. Solo diseminándose en  las células  humanas se ha hecho poderoso iniciando una guerra invisible pero despiadadamente evidente.  
         Paradójicamente se muestra de forma engañosa tras los principios universales reconocidos como derechos  básicos  inherentes a todos los seres humanos. Se erige demócrata en la elección de sus enemigos. No excluye a nadie. Todos los humanos le son útiles para su guerra. No discrimina. Acepta a todos, sin distinción de raza, nacionalidad, sexo, condición religiosa, lengua ó clase social. Es solidario, aplicando su justicia distributiva para todos por igual y para más inri se manifiesta coherente e integrador.
         Sin embargo delata su irrespetuosa crueldad sin pedir consentimiento para su intervención, coartando la libertad y autonomía, dejando a su paso dependencias y sometimientos a su ley de contagio. Ha roto la estructura social, obligando a rearmar los pilares del estado de bienestar  confinándonos a todos  en nuestras  casas.
         Ha sido preciso poner en primera línea de trabajo y atención  contra esta pandemia además de los imprescindibles servicios sanitarios a los servicios sociales, obligando a estos a transformar su praxis, pasando de lo presencial a la distancia, de la escucha activa de la entrevista  a la telefónica personalizada. La presencia pasa el testigo a la ausencia y a  la atención en la  distancia.
         Es evidente el cambio de paradigma en la intervención de los servicios sociales. Ahora la tecnología es imprescindible haciendo un giro hacia formas alternativas en la dinámica de  la acción social con nuevos instrumentos en nuestro vademécum social.
         Se hace necesario ahora más que nunca eliminar la burocracia, simplificar protocolos y procedimientos, valorar demandas desde la distancia y el confinamiento, asignar  recursos de manera equitativa sin  que nos  recuerden épocas de beneficencia obsoletas, priorizar prestaciones económicas ya vigentes ó implementando trasferencias económicas  urgentes que no supongan estigmatizaciones innecesarias.
         No se necesita hacer reconceptualizaciones porque este  virus no ha contagiado la esencia del trabajo social pero si ha cambiado su praxis. Ha sido necesario innovar su práctica y flexibilizar la rigidez de la burocracia.
         Sin las nuevas tecnologías y usos de redes sociales, el sistema de ayuda que desde los servicios sociales es esencial hacer, actualmente sería mucho más dificultoso. A través de ellas el trabajo social hace visible lo invisible, se aproxima a la lejanía, escucha, visibiliza emociones, permite a los silencios  hablar y a los confinamientos psicológicos no callar. 
         Es imprescindible por ello el uso de una tecnología humanizada, que se acerque al aislamiento de las personas vulnerables, proteja, evite exclusiones, mayores aislamientos que los obligados y fortalezca las redes de apoyo.  En definitiva que ponga  en marcha como servicio esencial que somos la fábrica de la responsabilidad ética a través de la maquinaria de la humanización activando acciones coordinadas con criterios éticos de urgente utilidad y eficacia.

PD: Quiero añadir a esta reflexión personal el documento de referencia de la Comisión deontológica del Consejo General de Trabajo Social, que considero básico en nuestro vademécum social actual. Etica y Deontologia del Trabajo Social ante el estado de alarma sanitaria COVID-19
viernes, 22 de noviembre de 2019


Son muchas las personas y situaciones que pasan por la vida de cada uno dejándonos  huella. Los profesionales que trabajamos en servicios sociales conocemos muchas historias de desarraigo pero también tenemos el gran privilegio de ver muchas  de superación.
         En ningún momento dudé cuando conocí a Antonio que a pesar de la  decadencia laboral y personal por la que estaba pasando, saldría adelante. Un día entró en mi despacho, hundido, lleno de vergüenza y rodeado de todo un halo de  impotencia. Había tenido que cerrar el obrador que regentaba donde elaboraba comida rápida .La maldita crisis le dejó a él, a su mujer y sus seis empleados en la ruina.Las lágrimas de sus ojos decían todo lo que  las  palabras no podían expresar:
-“No puedo  ver el frigorífico vacío, ni a mis hijos acudiendo  al colegio sin libros y los recibos de la comunidad, luz y agua acumulándose en mi mesa”. “Lo he tenido todo y ahora no tengo nada”, logró decirme entre lágrimas.
         No solo eran estos sus vacíos. El pozo más hondo y seco era el de su autoestima. Había tocado fondo. No veían salida ni él ni su mujer.
         En la urgencia de la nada la justicia social obliga a poner en marcha  la maquinaria de los recursos públicos  de forma inmediata. Era  necesario acompañar la rabia y la impotencia de Antonio y su mujer con escucha, empatía y comprensión. Fueron muchos los momentos de flaqueza, muchos túneles sin salida los que veían, pero en medio de todo ello siempre estaba presente su deseo de salir adelante y aunque la toalla estaba desgastada nunca pensaron en tirarla.
         Todos los días  hacían su jornada de trabajo, buscando trabajo. Sus currículos eran conocidos en todas las ETTs, pero aún era más conocida su perseverancia y tenacidad. Así consiguieron ser contratados en trabajos que nunca antes habían realizado: jardinería, comercial, él y cajera, reponedora en supermercados, ella. Poco a poco su frigorífico se fue llenando, los radiadores de la vivienda abriendo y los recibos impagados desapareciendo de la lista de pendientes.
         Si se puede, me dijo Antonio, cuando después de duros meses de lucha  llegó de nuevo por mi despacho, lleno de esperanza y optimismo. He conseguido un trabajo fijo en el  obrador de una panificadora. Soy feliz porque tengo trabajo, porque me  lo reconocen y me dignifica y porque además de llenar mi frigorífico, he llenado de ilusión mi vida.
         Dígales a todos los que pasan por aquí, que si se puede salir del pozo al que nos lleva el fracaso y  que los servicios públicos son imprescindibles para iniciar el camino de retorno pero que  sin la escucha y la empatía de los profesionales las ayudas no  son suficientes. Su relato era fluido y emocionado. Había recobrado la tranquilidad para él y su familia. Se sentía feliz y agradecido y compensaba  lo recibido colaborando con el banco de alimentos al que llevaba todas las semanas, empanadas o postres sobrantes  de los pedidos para hacérselo llegar a otras familias que necesitaran apoyo como lo necesitó la suya.
         Al despedirse se me acerca y se funde en un emocionado abrazo pidiéndome un último favor: -“¿Puedo traerle una tarta de las que yo hago, aunque no la necesite?
- Claro que puede, le dije.
 Si se puede me dije a mi misma también.

PD: El título de esta entrada no tiene más reminiscencia que la de la justicia social. Cualquier comparación con esta finalidad no será pura coincidencia.

jueves, 29 de marzo de 2018

    

     Cuando una persona se acerca a los servicios sociales solicitando “la independencia”,  lo  primero que se te viene a la cabeza es concedérsela sin más valoraciones, diagnósticos, planes de acción ni rutas de inserción. A priori creo que  a nadie se le ocurriría erigirse en ladrón de autonomías personales y menos a quien protege sus decisiones de forma libre y con clara determinación.
         -“Concedida, puede hacer uso de su independencia sin problemas”.
         -¿Entonces puedo estar solo en casa ? Porque me dicen mis hijos que si no firmo la solicitud de independencia para que alguien me ayude me llevan a una residencia”.
         Con estas manifestaciones no queda otra opción que pasar del preámbulo y ampliar las actuaciones. Nos obliga a negociar. Entrados en este proceso podemos  comprobar como  a su manera la persona expresa  el deseo de ser valorado como dependiente para vivir en su casa de forma “independiente”,  No es ninguna  contradicción  y sí una equivocación lingüística que da lugar a  una seria reflexión  e iniciar  la negociación que bien  puede realizarse con la redacción de un acuerdo firmado por el solicitante. Procedamos.

Declaración de mi independencia
Art.1. Solicito el derecho a seguir manteniendo mi autonomía dentro de mi propia vivienda.
Art 2. En el ejercicio de mi autodeterminación permito que desde los servicios sociales se valoren mis capacidades personales para la continuidad de la permanencia en mi casa.
Art. 3. Autorizaré,  si fuera necesario,  apoyos domiciliarios que faciliten dicha continuidad.
Art 4. Pongo en conocimiento que nadie en mi nombre puede solicitar otros recursos  que yo no demande.
Art. 5. Inicio con la trabajadora social el proceso constituyente de valoración de dependencia para conseguir mi particular independencia.      

      Y  finalizamos con un texto concluyente:
Una vez valorado, insto  a los poderes públicos para hacer cumplir la ley de dependencia a la que me acojo, respetando  mis derechos y mi autonomía  y permitiendo hacer uso de  los recursos que me correspondan sin  injerencias externas”.
          Con este tratado podemos realizar otra forma de  valoración de dependencia, al que sin duda  hay que empezar a denominar también como proceso de independencia.
         Queda rubricado.
    

PD: La imagen de esta entrada ha sido “robada” de Alejandro R. Robledino
con quien he tenido  el privilegio de compartir cervezas y  grata conversación sobre autonomía, dependencia y anécdotas varias de nuestras Eudosias y Phylomenos . Gracias Alejandro.  
     https://twitter.com/ARRobledillo/status/977843733302534145   
        

MAREA NARANJA

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