domingo, 21 de mayo de 2017
       
Este país, aunque sus dirigentes lo nieguen, vive “tiempos de precariedad y falta de oportunidades”, como acertadamente refleja el Informe sobre el estado social de la nación 2017, publicado por la Asociación de Directores y Gerentes de Servicios Sociales.
La pobreza coyuntural que al inicio de la crisis reclamaba ayudas de emergencia se ha transformado en estructural, se ha cronificado con cada día más familias excluidas del mercado laboral sin recursos suficientes para mantener todas  necesidades básicas cubiertas. 
Las políticas de austeridad y recortes han minado los cimientos sociales convirtiendo sus estructuras en apoyos coyunturales. Cada vez son más los recursos privados y menos los públicos. Y frente a todos ellos se encuentra el profesional “dispensador de ayudas” al que se le demanda coordinación en la gestión. El modelo lineal de intervención basado en el binomio necesidad-recurso, vuelve a ser el más útil en las administraciones neoliberales y el que más  justifica sus políticas  asistencialistas. Y  el que menos necesita de profesionales del trabajo social que trabajan desde la práctica de promoción  del cambio , el desarrollo social, la cohesión social, el fortalecimiento y la liberación de las personas y bajo los principios de la justicia social, los derechos humanos, la responsabilidad colectiva y el respeto a la diversidad e involucrando a las personas y las estructuras para hacer frente a desafíos de la vida y aumentar el bienestar (Art 5 Cd de TS )                Actualmente la función  que se le encomienda a los profesionales de los servicios sociales se centra  sobre todo en el ejercicio de su  burocracia dispensadora de recursos . Y como los servicios sociales públicos han aniquilado sus recursos, se alían con los privados abanderando la coordinación necesaria.  Si bien muchos de los servicios privados son útiles y eficaces en sus protocolos de coordinación con los públicos, no lo son otros envueltos en prácticas benefactoras.
Tradicionalmente la cobertura de las  necesidades más básicas han sido objeto de las instituciones de caridad y beneficencia.  Aunque la actual legislación en materia de Servicios Sociales establece igualmente  objetivos  encaminadas a satisfacer  dichas  necesidades básicas, no podemos  olvidar el objetivo último de las acciones de los diferentes sistemas de protección social buscando  la consecución de la autorrealización de las personas, con acciones trasformadoras realizadas de modo sistemático y técnico
¿Cómo coordinar derechos sociales con acciones benéfico-asistenciales? Para el profesional del trabajo social “abuelo cebolleta” que certeramente describe Belén Navarro en su post "Confesiones de una abuela cebolleta", es complicado porque a los trabajadores sociales “cebolletas” nos cuesta integrar la caridad en el derecho, la beneficencia en  la solidaridad y la dádiva en el legítimo recurso
No es nada fácil coordinar la pobreza cuando se trata de sacarla de nuestra sociedad y sus ciudadanos a golpe de lotes de alimentos, ayudas de alquiler ,de luz, combustible y agua redondeadas en una cantidad única sin derecho a gastar más de lo que establece las ordenanzas. No es fácil coordinar la justicia social con los repartos asistenciales. Es difícil coordinar técnicas profesionalizadas con personalismos y  “buenismos” particulares.
A los profesionales “cebolletas” nos cuesta enfrentarnos como al personaje “Philomeno” del último libro de Alejandro Rodriguez Robbledino ( de lectura recomedada) cuando   se nos presenta el  “benefactor del usuario x al que ayuda con alimentos, ropa y dinero para las chucherías de los niños, y pide “coordinar su caridad” con su  mal interpretada gestión de las prestaciones públicas sin en ningún momento desmarcarse de “dádivas necesarias” para continuar protegiendo a “su pobre  familia” 
Y  si la carencia es afectiva, ¿cómo coordinar las pobreza emocional que dejan tras de sí las pobrezas económicas? Ambas, pobreza económica y pobreza afectiva no son más que producto de la pobreza de derechos, valores y ética.
Para coordinar las acciones que palien la pobreza, no todo vale y sobre todo no todos valen. Y a los profesionales del trabajo social creo nos toca ahora más que nunca  además de  impartir justicia social, reparar lo injusto y no amparar coordinaciones desintegradoras y excluyentes
sábado, 31 de diciembre de 2016

En estos días de abundantes felicitaciones  he recibido una que me ha dejado un poco descolocada. Yo que creía que ya había pasado la etapa de los descubrimientos y desencantos de la Navidad vienen  ahora  y me aclaran quien son los verdaderos Reyes Magos en forma de felicitación.
Para quienes trabajamos en servicios sociales no nos son ajenas variopintas y peculiares   nominaciones. Desde “asistenta” (la clásica) hasta “la que tramita la dependencia” (la moderna) hemos ido acumulando variedad de  titulaciones…. Nuestros servicios sociales no se quedan atrás. En estas fechas, algunos se empeñan en hacer sus belenes con ellos, disfrazándolos de “angelitos y niños jesuses”, rodeados de bancos de alimentos, “copiosas” cenas benéficas de navidad, campañas de recogidas de juguetes, residencias para mayores solos y  voluntarios que proliferan desde todas las esquinas en busca del pobre para  sentar a su mesa y  al  sin techo al que dar mantas, calor, cobijo y cena por un día.
Y entre todo este belén, aparece la  felicitación navideña dejando claro que los  verdaderos Reyes Magos no son los padres, que son los servicios sociales. Para una ilusión  que me quedaba…. Ya les vale. Esto no lo perdono (igual que no le perdonaron a “Carmena” el pasado año)

Y ahora como  digo  yo a quienes acudan al centro de acción social  que  los Reyes Magos no existen , que Melchor, Gaspar y Baltasar, vienen disfrazados de servicios sociales portando sus recortes,  que no  hay estrella que les guie, que no existen los camellos de verdad, que los que portan los regalos son unos estafadores que se adoran a sí mismos y tiran caramelos “envenenados” a los niños,   que los empachan un día de comida y los ponen a dieta  el resto del año, que a sus padres les impiden regalarle sus derechos sociales, que el oro, incienso y mirra de sus cofres son en realidad retales, migajas y falsas prebendas. Y que el camino que lleva a Belén, es el camino del vaivén y el desdén.
Si los servicios sociales son los Reyes Magos que sus majestades se lo hagan ver porque aquí alguien no está diciendo toda la verdad, los niños se van a confundir y desilusionar y a los adultos la situación  les está desbordando. 


sábado, 25 de junio de 2016






La práctica del trabajo social lleva inherente entre otros principios, la autonomía y la solidaridad de  los profesionales en su actuación (ver art. 7 código deontológico).
Al igual que en todos los principios  que determinan nuestro hacer profesional, en los de solidaridad y autonomía no debemos olvidar los elementos de orden ético que determinan lo procedimental en la acción profesional.
Nuestros/as usuarios/as se acercan a los centros de servicios sociales con muchas carencias, no sólo económicas, sino también de protección social (sobre todo en esta época de recortes que  sufrimos). Se sienten engañados  y este engaño se acrecienta cuando sienten la falta de solidaridad de los poderes públicos y comprueban como su autonomía personal queda diezmada con la inacción de legisladores y algunos profesionales al no proporcionales el protagonismo necesario  en el proceso de ayuda
En la intervención lineal basada en el binomio necesidad –recurso, la acción del profesional se circunscribe a “echar mano “de la mermada cartera de recursos  de la administración pública y la benéfica de algunas entidades sin ánimo de lucro. Y si no hay recursos, ¿se acaba la acción? Es evidente que se acaba, si a su vez hemos descartado de la cartera de recursos, el más importante en la relación de ayuda, que es el recurso de autonomía de nuestros usuarios.
Si la linealidad la trasformamos en circularidad, la intervención se sustentará de la acción comunicativa protagonizada por el usuario demandante y direccionada por el profesional desde los principios de justicia social y promoción integral de las personas, reconociendo su autonomía y capacidad  para ser protagonistas en el cambio de sus situaciones deficitarias y  la resolución de sus necesidades ( véase art18,19 de código deontológico).
Pero esto nos obliga a salir del “área de confort” como bien alude Benita Ferro Viñas en su artículo “La autonomía informativa en la encrucijada ética: las verdades invisibles” (ver aquí)
Obliga a dejar la inacción y la comodidad.
Obliga a escuchar atentamente el relato de “historia de vida” de nuestros usuarios/as, sus valores, normas, voluntades, metas,  aspiraciones, retos,  limitaciones y potencialidades, respetar su libre albedrío y la responsabilidad de sus acciones.
Obliga  a salir del confort que nos da el abrigo de recursos estandarizados, protocolizados y burocratizados.
El área de confort conforta al profesional cómodo. Salir de ella supone incomodidad cuando nos requiere  conocer el entorno de los/as usuarios/as, sus  redes y las  áreas de desconformidad que nos relatan en las entrevistas de “despacho confortable”. Cada salida exige implicarse en el logro de la sociedad inclusiva, sin estigmatizaciones y exclusiones. Esto es práctica de justicia social, nada que ver con la desidia, comodidad que preside el “área de confort”
Salir del área de confort supone además,  practicar el principio de empatía: ¿estamos  igual de confortables cuando somos  nosotros/as los que acudimos a profesionales de los que también necesitamos su intervención,  y nos responden desde su área de confort, con respuestas lineales surgidas  de  “encefalogramas planos”?
La práctica de la empatía, autonomía y solidaridad es la antítesis del “área de confort” y  cuestiona la acción profesional   desde la atalaya de la comodidad.  Cuestionémonoslo 


Os dejo con Pedro Guerra  y su "Debajo del Puente": una pequeña reflexión   para salir del "area de confort"


lunes, 28 de marzo de 2016


De nuevo acude a este rincón del Vademecum, Benita Ferro Viñas, con  una entrada para la reflexión en torno a  la autonomía personal de nuestros usuari@s y las circunstancias y dilemas que nos surgen en el tratamiento de la información que nos transmiten.

Con las verdades invisibles que reseña en su artículo, ocultando  a veces realidades incómodas, los silencios cómplices que pueden  surgir en el proceso de intervención y el compromiso ético en torno a las autonomías decisorias de nuestros usuarios, Benita nos deja servido un importante debate.

            Gracias Beni por tu aportación y ayudarnos con ella  a "salir de la zona de confort" para cuestionar y cuestionarnos.


 LA AUTONOMÍA INFORMATIVA EN LA ENCRUCIJADA ÉTICA: 
 LAS VERDADES INVISIBLES



La época primaveral es el momento idóneo para depurar toxinas éticas y sugerir soportes visuales terapéuticos y reflexivos en la gestión de la autonomía personal del usuario en el proceso de intervención social.
El tratamiento de la autonomía informativa del usuario de servicios sociales puede ser un hervidero de conflictos éticos en la práctica del trabajo social. Incluso podemos llegar a ser cómplices los profesionales de un silencio que puede llegar a ocultar una verdad incómoda; y esto no es un thriller, aunque presente matices de intriga y cierto suspense.
La autonomía informativa presupone al  usuario como agente activo y dinámico en la intervención social; pero en la práctica del trabajo social nos surgen conflictos éticos a los profesionales en relación con esta presunción. Uno de los más cotidianos se presenta cuando intervenimos con personas discapacitadas sociales, es decir, personas que no presentan patologías asociadas para ser reconocidos como discapacitados y son perfectamente conscientes de la realidad, pero sí carecen de algunas habilidades para autogestionar sus decisiones vitales.  El dilema  que se nos presenta surge con la siguiente pregunta: “¿cuestionamos nosotros  su autonomía, o tomamos la dirección contraria a nivel ético y metodológico y promovemos su capacidad de decisión?  La opción más compleja para el profesional es la segunda y supone al mismo tiempo un reto ya que implica salir de la zona de confort y descubrir las infinitas posibilidades de la zona de aprendizaje en la intervención social; sirviendonos así  de  apoyo reflexivo y terapéutico liberador de toxinas éticas preconcebidas, siendo además promotor de cambio en los esquemas rígidos e inflexibles. Os propongo como soporte visual  la película Patch Adams, "El médico de la risa, (1998) 
             Pero la toxicidad ética puede seguir aumentando cuando recogemos y sintetizamos  la información confidencial del usuario, al entender que su autonomía nos condiciona a la hora de resumir y contrastar la información que a él le compete. En estos casos, puede dispararse el nivel de toxinas, si no se contrasta adecuadamente la información por diversos motivos, o incluso llegamos a ser cómplices de la denominada "Conspiración de silencio"(2014), título de la película que os sugiero  como  escenario reflexivo para este debate.

          Resulta evidente que las verdades invisibles pueden ocultar realidades incómodas, pero es un compromiso ético y moral de los profesionales del trabajo social reflexionar y visibilizar esta información para conseguir consolidar prácticas que refuercen la autonomía decisoria del usuario en relación con su información personal, desterrando enfoques más tradicionales en los que la información tiene un valor meramente instrumental.


MAREA NARANJA

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