“Yo también voy a cenar
marisco”. Esto fue lo que decidió la
protagonista de este relato días antes de navidad. Habitualmente ella come poco
y mal. A veces, porque no tiene comida
suficiente y otras porque teniéndola, la falta de dientes y los tornillos que
sustentan sus mandíbulas, se lo impiden. Su estómago se desenvuelve así en una
continua contradicción de deseos de comer y nauseas por hacerlo. Llevaba más de un mes
oyendo la música repetitiva de la llegada de la navidad con los anuncios y
promociones de la gran cena y pensó “por qué no voy yo a cenar marisco con lo que me gusta”.
Programó hacerse su propia sopa de pescado. Tenía todos los ingredientes
(cazuela, sopa, agua y fuego para hacerla) pero le faltaba el marisco. Así que
ni corta ni perezosa, como cada noche se dirigió a los contenedores del
supermercado de su barrio en busca de los codiciados ingredientes. Abre uno de ellos,
mira en su interior y ve los deseados enseres culinarios: arriba las gambas, en esa esquina las almejas y en
el fondo el congrio. Sin dudarlo los recoge y los introduce en su particular bolsa de compra.
Ya en
casa y con todo el pescado
delante, son tantas las ganas que tiene de saborearlo, que cuando lo deposita
en la cazuela para cocerlo, no se percata del desagradable olor ni del mal estado
en el que se encuentra. Solo piensa en su sabor y como va
a disfrutar sin tener que masticar en
esta ocasión. Y más hoy que el estómago
le está pidiendo fiesta de la buena con
música de plácida digestión.
No ha pasado ni media hora desde que
degustó su particular cena y los fuertes dolores por todo el cuerpo empiezan a
hacer acto de presencia. Siente como su corazón se le altera, la cabeza le martillea, en su boca solo hay sabores metálicos y los
vómitos y náuseas son continuos. Ve como las luces de su fiesta se apagan y se
encienden las de la ambulancia que la recoge y traslada a urgencias médicas.
“Me intoxiqué toda. Tuvieron que
lavarme el estómago, ponerme a andar el corazón normal, sacarme sangre, meterme
suero e hidratarme. Me vi muerta”. Así detallaba una semana después, la odisea
de su deseada cena. Se sentía culpable porque le tuvieron que llevar al
hospital y le regañaran por tomar alimentos en mal estado y continuamente se justificaba
al no haberlos podido comprar.
Es evidente que la navidad que nos
vende esa sociedad consumista no es igual para todos y aunque coincidan los
deseos de poder disfrutar de “los manjares navideños”, algunos deleitan marisco
exclusivo y otros los restos que han quedado de “los exclusivos”. Y las malas
digestiones a unos se le provocan por la sobredosis de su abundante dosis de comida mientras
otros las sufren por la ingesta de
productos en mal estado.
Tienen que producirse muchos cambios en
la sociedad para que la comida no sea aún
causa de desnutrición, intoxicación o sobredosis y la justicia distributiva de
alimentos deje de ser una utopía para muchas personas.