miércoles, 12 de julio de 2023

DESVALORIZACION INSTITUCIONAL DE LA PROFESIÓN DE TRABAJO SOCIAL

          En el último número de la revista de Servicios Sociales y Trabajo Social centrado en el trabajo social crítico, aparece un excelente artículo firmado por Inmaculada Asensio Fernández, con el título Reflexión crítica sobre la desvalorización institucional de la profesión de Trabajo Social en el tratamiento de las Adicciones” (ver enlace) ,cuyo contenido me ha dado motivo de comentario y análisis a través de este post.

    Realiza su autora una introducción refiriendo los orígenes del trabajo social, nuestro bagaje y la conformación profesional con el reciente reconocimiento como profesión de referencia en los servicios sociales. Resalta como, aun así, nuestra profesión sigue teniendo déficits en el reconocimiento por parte de otros profesionales y profesiones afines.

         La experiencia de desvalorización del trabajo social que Inmaculada relata en su artículo enmarcado en el entorno institucional del tratamiento de las adicciones, se puede trasladar a otros muchos campos institucionales tanto públicos como privados. Pero son escasos los profesionales que lo reflexionan, denuncian y divulgan como lo hace ella. No cabe duda de su acto de valentía, pero creo que lo que más la caracteriza es el acto de responsabilidad profesional y un gran ejercicio de ética aplicada.

         Analicemos esta aplicación ética desde los principios y articulado de nuestro código deontológico, ese “vademécum social” que hemos de tener como referente en el ejercicio de nuestra actividad diaria, sin olvidar que el resto de los profesionales que conforman el equipo de trabajo que referencia en el artículo su autora, también disponen de sus propios códigos deontológicos y que para todos ellos son instrumentos necesarios en el buen hacer profesional.

         En la relación entre profesionales, los códigos deontológicos profesionales, establecen la necesidad de profesionalidad, coordinación, intercambio de conocimientos para mejorar la intervención y el respeto recíproco entre profesionales en el ejercicio de sus actuaciones. Se indica, además, la conveniencia de comunicar a los responsables y/ó directivos de las instituciones para las que se trabaja todo aquello que obstaculiza su labor profesional desde la responsabilidad principal hacia las personas que se atiende y ante la precepción de vulnerabilidad de sus derechos, proponer los cambios, procedimientos y actuaciones necesarias a la institución para la que se trabaja.

         Es sin duda un acto de responsabilidad profesional el que realiza Inmaculada, tras quedar patente hechos de vulnerabilidad de los usuari@s que atiende y manifestarse la desvalorización que de sus actuaciones realizan el resto de los profesionales que conforman el equipo de trabajo.

         Primer indicio de desvalorización profesional:

Vulneración de derechos profesionales. Cuando desde su inclusión en la unidad de trabajo, se le reserva un espacio carente de las condiciones adecuadas, visualizándose más que un despacho de trabajo, un lugar donde “ha sido despachada”, impidiendo proporcionar la adecuada atención a los usuari@s del servicio.

Segundo indicio de desvalorización profesional

Miembros de su   equipo de trabajo le asignan funciones de otra profesional (auxiliar de clínica en este caso), cuando dicha auxiliar está ausente. Queda evidente el ejercicio de funciones jerárquicas que no corresponden y como se propicia usurpación de funciones profesionales. En este caso con categoría diferente y manifiesta motivación de desvalorización de las funciones propias del trabajo social.

Tercer indicio de desvalorización profesional

Minimizar las acciones profesionales que realiza: trabajo centrado en la persona y su entorno, coordinación con otras instituciones, trabajo en red para propiciar el bienestar e integración de los usuari@s afectados, ignorando de esta forma, las funciones que le son propias en el campo de las adicciones.

Cuando otro profesional del equipo determina a motu propio, que el trabajador@ social “se centre en sus paguicas” y cuestiona la información y gestión que se le realiza a los usuari@s y su sistema de coordinación, ese profesional está incurriendo en perjuicio y desvalorización incumpliendo claramente su propio código deontológico.

 Y cuando se realiza  una dinámica de trabajo unidireccional y de forma vertical con claros tintes de intento de subalternidad, la desvalorización entra en una peligrosa progresión.

Es principio básico en el abordaje del trabajo social “la promoción integral de la persona, considerándola como un todo, desde sus capacidades potenciales y los múltiples factores internos y externos circunstanciales. Supone superar visiones parciales, unilaterales, así como integrar la intervención a través de la interprofesionalidad” (Art 7, 7 del Código Deontológico de TS).

Si se ignora este principio, como así se nos ha relatado, es lógico que las tensiones y conflictos se agranden y la ética se cuestione, teniendo necesidad de dirimir soluciones en el ámbito externo, optando por la propuesta al responsable de la institución de la creación de un Comité de Ética, como herramienta de apoyo esencial para romper esta progresiva cadena de desvalorización.

La falta de empatía e ignorancia ética quedan expuestas en la respuesta que realiza el responsable institucional, alegando que “la deliberación ética parece ser más útil para personas que no tiene mucha experiencia profesional”.  Es aquí donde la desvalorización profesional llega a su cumbre y triunfa.

El desprestigio profesional, abuso de poder y desvalorización de los principios y funciones de la profesión pueden llevar al desgaste y/ó anulación de los profesionales que la ejercen, o llegar a la adaptación sin cuestionamientos. El reto es el ejercicio del trabajo social crítico y reivindicativo en la aplicación ética, que como sabiamente dice Adela Cortina, no se quede en “la cosmética, porque los maquillajes mejoran el aspecto de las personas durante un tiempo, pero no las transforman por dentro”.

Enhorabuena Inmaculada por ejercer el trabajo social crítico y reivindicar los valores y principios éticos de nuestra profesión demostrando que nadie es más que nadie en la defensa de los derechos y la dignidad humana.

 


domingo, 20 de septiembre de 2020

PUESTA EN ESCENA DE LA NUEVA NORMALIDAD


 

En esta nueva normalidad que estamos viviendo muchas cosas han dejado de ser normales. Y ya no podemos verla con los parámetros que estábamos acostumbrados a hacerlo.

         Ha sido únicamente un bicho  el que ha cambiado el rumbo de nuestras vidas y aunque pretendamos buscar culpables en políticos y sus políticas,  laboratorios y sus fugas ó  murciélagos indefensos, solamente el COVID y sus circunstancias, han sido capaces de cambiarnos la vida y poner las normas en  todo el planeta haciendo  que sus habitantes ensayemos un nuevo concierto a su ritmo.

         Este concierto se desarrolla con una espectacular puesta en escena saliendo todos con un único instrumento para tocar: la mascarilla. Ensayos para su uso no han sido necesarios. Incentivos para hacerlo, muchos. Por esto cuando  toca salir a escena, vemos como el instrumento en cuestión  se toca desde la cabeza, la barbilla, el codo, por debajo de la nariz, por encima, colgado en la oreja e incluso a modo bleutooth dejándola en casa, en el coche ó en el bolso. De esta tesitura visualizamos los diferentes conciertos por nuestras calles. Unos con ganas y otros haciendo lo que les da la gana.

         Empecemos por los que le han puesto excesivo empeño, sobredimensionando su puesta en escena con uso de doble mascarilla, gafas de sol aunque no luzca, guantes sin tocar nada, buscando siempre el fondo del escenario para cantar poco aunque den el cante con semejante atrezo.  Es así como el bicho acrecienta  , fobias, neuras e hipocondrías que cada uno tenemos pero en estas situaciones  se duplican.

         Por otro lado aparecen los autodidactas que no necesitan director ni nadie que se le parezca porque ellos saben interpretar como nadie al bicho. No reconocen la partitura, salen a escena sin instrumento, bajan al  patio de butacas,  se mezclan con  el público dando besos y abrazos, brindan su actuación creyéndose los que mejor lo hacen buscando aplausos que si no reciben,  ellos mismos se los dan.

         Otros más comedidos tratan de disimular saliendo con la mascarilla dispuestos a seguir al director, pero la desidia les puede y pronto cambian de posición y función (mascarilla-babero, mascarilla-boina, mascarilla-pendiente…) dando así más que el do adecuado, el do a pecho descubierto.

         Solo cuando aparecen en escena los que hacen de la mascarilla la nueva normalidad, el concierto se acompasa y se reconocen con nitidez el ritmo de sus melodías.

         Con todo esta variedad de artistas en la escena, desde el patio de butacas hay que hacer un gran ejercicio de reconocimiento No es fácil  distinguir a quien siempre saludábamos y con quien nos deteníamos a conversar sin dificultad. Ahora parece que todos somos sospechosos de ir a atracar un banco y si se nos acerca alguien con la mascarilla retirada, nos separamos de inmediato.  !Qué gran paradoja de relación!.

          Llegados a este momento de visualización  de esta   nueva normalidad cabe cuestionarnos  qué es lo nuevo y qué es lo normal. Porque habiendo cambiado de fisionomía por el uso de la mascarilla, encontramos a menudo que debajo de ella, siguen estando las mismas manías y se simulan los rictus de egoísmo e insolidaridades. No hay nada nuevo en estas personas, a pesar de aquello que se decía de que este bicho nos iba a hacer mejores. En estos casos, más bien  ha ayudado a tapar vergüenzas no reconocidas. Nada nuevo.

          Y para los que lo nuevo no existe, su normalidad no la cambia nadie y la mascarilla es el nuevo accesorio que sienta mal y les molesta por  eso la ridiculizan, retan y se enfrentan a quien les ordena que se la pongan, reivindican sus derechos a consta de la falta de respeto a los derechos de los demás. Y bicho que encuentran, bicho que te presentan sin tapujos.

         Lo nuevo y lo normal debería ser reconocer al recién llegado y no tratarlo de tú si no hay confianza, digo yo. Y cuando se llega al concierto, ver desde el patio de butacas como sus intérpretes  con los instrumentos afinados hacen la puesta en escena de forma ordenada sin hacer el ridículo   respetando la partitura y a su director.

         En esta nueva normalidad nos toca a todos  ensayar  más el  concierto para poder acompasar mejor  la melodía. De lo contrario esta música nos perseguirá con sus sonidos estridentes.

        

 

sábado, 13 de junio de 2020

LA NUEVA NORMALIDAD EN SERVICIOS SOCIALES



        Hemos entrado en una nueva fase de relación con el Covid19. Tras el confinamiento, las esencialidades y excepcionalidades, han llegado desconfinamientos, desescaladas y ahora la Nueva Normalidad.
         Esta Nueva Normalidad nos dicen que es el camino de retorno a la antigua de nuestra vida cotidiana pero ahora condicionada a la necesidad de nuevos hábitos y  comportamientos sociales y laborales.   El distanciamiento social,  las medidas de seguridad, protección e higiene serán el marco de nuestras actuaciones. 
         La mayoría de los  profesionales de los  servicios sociales desde el primer momento del confinamiento, hemos estado  realizando  trabajo no presencial, atendiendo a través del hilo telefónico. Han sido  tres meses recibiendo y haciendo llamadas a  nuestros usuarios, valorando sus necesidades, intuyendo lo que albergaban sus silencios y   escuchando los relatos de sus confinamientos con la  nueva modalidad de trabajo bajo el código ERTE, que les  deja  patente su incierto futuro.
         En todo este proceso del camino hacia la Nueva Normalidad a todos nos importa el qué y para qué  pero adquiere gran significado el cómo. Veamos. Pongámonos en la piel de usuario que se acerca al a los servicios sociales, con la obligada mascarilla,  entre alfombras de desinfección y secado, flechas de señalamiento de ida y vuelta ,recibido por una  persona que le toma la  temperatura , le ofrece el gel de desinfección y lo conduce al despacho del profesional que los recibe tras una nueva pantalla, con categoría de mampara , y tras esta visualiza a su trabajador/a  social también con mascarilla dispuesto a explorar las escaladas y desescaladas de su Nueva Normalidad. Y en  las visitas domiciliarias, presentándonos enfundados en batas, mascarillas y guantes, algunos usuarios desconfiados y susceptibles quizás se muestren  más escépticos e inseguros. Otros se acostumbrarán a nuestro nuevo traje y pronto lo verán normal.
         Hay que reconocer que  no es esta Nueva Normalidad, la más idónea para valorar dependencias, exclusiones y vulnerabilidades y que los limites en la relación profesional  se convierten en  obstáculos y símbolo de “anormalidad”, más que de normalidad.
                  Y para ejemplo el del mi primera atención  en la  esta nueva Normalidad. Una mujer  me habla tras su mascarilla, de su depresión, del maltrato psicológico recibido por parte de su ex pareja, de su no denuncia por miedo, del dolor de la mentira, de su presente  en soledad, sin medios económicos, de su  tratamiento psicológico y de su incierto futuro. Pregunta por el trámite de la prestación solicitada. Cuando le comunico la concesión de la misma, veo en una  cara que no conocía hasta ese día, como después de tanta angustia, sus lágrimas empapan la mascarilla que le sirve de dique de contención y la  hace inservible en un momento. “Qué protección tan innecesaria para esta situación “, me digo. Este virus no sabe de sentimientos… La  invito  a que aparte la mascarilla para dejar fluir sus lágrimas sin obstáculos. Cuando lo hace, por primera vez veo por completo una cara que había imaginado distinta en conversaciones telefónicas mantenidas durante el confinamiento. Retirarla  le proporcionó una mayor dosis  de dignidad y libertad y quitar la mía ayudó a hacer  más humana la atención profesional.
         Esta Nueva Normalidad estoy segura que nos obligará en muchas ocasiones como esta a prescindir de las  imprescindibles mascarillas  para ejercer la verdadera normalidad del trabajo social.